Mamá, odio leer. Yo también,
hijo.
Este es uno de los diálogos más
breves y felices para mi hijo menor en el último tiempo. Una conversación más o
menos parecida tuve hace unos años con mi hija más grande y causó el mismo
efecto. Y claro, es más que entendible la sorpresa y la alegría: mis niños
tienen una madre que se demora meses en renovar unos zapatos que se desarman
solos, pero jamás le falta un libro cerca. Me han visto salir decidida a
comprar un chaleco porque el que uso me llega a las rodillas y está
transparente en los codos, y me han visto regresar con el mismo chaleco y tres
libros nuevos. Entonces, ¿cómo era posible que su mamá, que tiene libros hasta
en el baño, les dijera eso?